6/7/11

Ya llegamos - 1 año

Suena el móvil y, sinceramente, no estaba preparado para la conversación que se iniciaba. Veo un número raro en el identificador de llamadas y no era un momento en el hubiera estado esperando una llamada, por eso contesto con un tímido saludo, un simple y medianamente largo hola.

La voz del otro lado me era inconfundible, tanto por el tono como por el estado entre ansiedad, histeria y crisis de nervios, y el mensaje era claro: habían perdido el vuelo de enlace y estaban varados en Madrid.

Si bien ya ha pasado un año, es uno de esos recuerdos que no se olvidan y todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer mismo.

La noche anterior no había dormido bien, como era lógico y también de esperar. Por fin se terminaban los eternos meses de videoconferencias y llamadas de larga distancia. También se terminaría el 'papá virtual' que retaba a los chicos por internet, gracias a la computadora que había dejado estratégicamente colocada en el comedor, cerca del televisor.

Las ideas de las cosas que íbamos a hacer cuando estuviésemos juntos de nuevo se mezclaban con las ganas de hacer cosas que no se pueden hacer por la distancia y las picardías que hacían en ese corto ángulo que me permitía ver la cámara web, y todo eso me daba vueltas por la cabeza y no me dejaba dormir profundamente.

Ya que no podía dormir, me levanté un poco más temprano que de costumbre y me preparé para viajar a Barcelona con tiempo, sin prisas. La autopista me lleva directo desde Constanti hasta el aeropuerto, salvo que el navegador (GPS) se le ocurra lo contrario. En vez de esperar por aquí, a 100km de distancia, prefiero esperar en el aeropuerto. Ya leeré algún diario en un bar, si es que llego muy temprano.

El viaje fue tranquilo y me pareció que había menos tránsito que de costumbre. Al llegar a L'Hospitalet siempre hay más tráfico, y aún más a esa hora de un martes por la mañana, en que todos van a trabajar.

La ansiedad había dejado lugar a esa tranquilidad de lo inminente, a los deseos de vernos y de abrazarlos. Cuando veo la hora me doy cuenta que había llegado 45 minutos antes, por lo que paso por una estación de servicio y paro a tomar un café y leer un poco el diario. Pero mi cabeza estaba en otro lado, por lo que me quedé sólo 5 o 10 minutos.

La sala de arribos de la T1 del aeropuerto del Prat, de Barcelona, tenía otro significado, otro color. No era la sala de arribos que hacía 3 meses me había recibido, sino que se había transformado en la puerta de entrada por la que llegaría mi familia y el final de largo proyecto.

Apenas llego reviso el panel de arribos, formado por 5 pantallas colocadas una al lado de la otra en forma vertical, y veo que, en contra de todas mis esperanzas - por mínimas o improbables que fueran -,  el vuelo no se ha adelantado.

De todas maneras, sigo el plan de vuelo y hago algunos cálculos. El vuelo UX42 salió ayer desde Ezeiza a las 1245 y llegó a Madrid a las 0600. Y luego el vuelo UX2001 salío de Madrid a las 0710 para que arriben aquí a las 0820. Por lo tanto están en vuelo, seguramente aquí cerca. Ya falta poco.

Hay palabras que de repente se vuelven mágicas. Palabras que normalmente resultan efímeras o pasajeras, pero que por unos instantes, por unos simples instantes, cobran una magia impensada, un brillo increíble, una importancia sin igual. Me imagino que esta palabra debe haber tenido un significado similar para los astronautas del Eagle del Apolo 11. Pero para mí, en ese momento, fue mucho más importante. La palabra es 'landed' (aterrizaron!).

Ya están aquí. El avión a aterrizado. Están a unos escasos metros, en vez de los 12.000Km a los que estaban ayer a esta misma hora. Ahora deben atravesar el laberinto de pasillos, inmigración, papeles, rueda de maletas y aduana. Pero ya están aquí.

Es notable cómo se puede pasar de la calma total a un principio de desesperación en sólo 30 minutos, o tal vez más, 45 o 50 minutos. El tiempo parece detenerse lentamente y eso que tanto esperabas, que ya iba a suceder, todavía no ocurre. A ésto hay que sumarle que ya he visto pasar muchos pasajeros, seguramente de otros vuelos.

O tal vez Lorena tuvo problemas con los papeles, porque es la única que no es comunitaria. Si es así, entonces tendrán alguna otra demora. Si se le complica, tal vez pase mi mamá con los chicos para avisarme, pero habíamos quedado que cualquier problema me llamaba al móvil.

Y de repente la llamada.

Cómo evaluar la situación? Era mejor o peor? Ya no estaban tan lejos, pero tampoco estaban tan cerca, y encima varados en Barajas, el aeropuerto de Madrid. Ahora se abren otras opciones. Puedo ir a buscarlos o guiarlos para que vengan en avión o en el tren de alta velocidad, pero el costo no estaba previsto. De todas maneras, si era necesario habría que hacerlo. Pero no tengo cómo comunicarme porque me ha llamado desde una cabina.

Mientras busco opciones y pienso en cómo puedo hacer para resolver esta situación, otra llamada. Esta vez Lorena, un poco más calmada, me dice que ya lo han resuelto y que vienen en el próximo avión, es decir a las 3 de la tarde.

Aprovecha el minuto que la cabina telefónica le ha cobrado por adelantado para explicarme que han tenido que esperar hasta el final de la salida de las maletas porque faltaban una maleta y el carrito (cochecito de bebé) de Martín, y como no aparecieron y dejaron de salir las maletas de ese vuelo fueron a realizar el trámite de reclamo. Todo ésto más un paseo en bus desde el avión por todas las pistas hasta la terminal hizo que perdieran el vuelo.

Hablamos un par de cosas más hasta que se corta la llamada. Miro la hora y no llegan a las 10 de la mañana. Y ahora qué hago? Vuelvo a Constantí y luego regreso al aeropuerto? Eso serían 2 horas de viaje (ida y vuelta). Y si luego tengo problemas? O se pincha una rueda? O hay problemas con el tráfico y llego tarde? Ya estoy aquí en el aeropuerto, por lo que decido quedarme más o menos cerca.

El tiempo contínua su ritmo lento, muy lento, demasiado lento, hasta que al acercarse la hora de comer, voy a un Carrefour cercano al aeropuerto, es decir a unos 10 minutos, que había visto en el camino de ida.

Sólo queda esperar. Vuelvo a revisar mis cálculos y estimo el plan de vuelo del nuevo avión. Ya son las 2 de la tarde y deben estar en vuelo. Regreso al aeropuerto, a esa sala de arribos que había perdido todo el brillo y el glamour de esta mañana. Ya no se ven las torres decoradas y los carteles de bienvenida que había pintado en mi imaginación. Ahora había vuelto a ser una sala común y corriente.

Veo gente que llega, atraviesa las puertas automáticas y sigue su camino hacia la salida central de la T1. Otros que sonríen de alegría y se mezclan con la masa de gente que espera, en medio de saludos y preguntas obvias acerca del viaje. Allí, entre la masa que espera, aguardo los últimos minutos. Trato de asomarme cuando se abren las puertas para intentar encontrarlos entre la gente que está dentro, buscando sus cosas. Creo verlos pasar diez veces para resignarme a que sólo han sido mis ganas de verlos que dibuja sus rostros en otras personas.

Las puertas automáticas se abren decenas de veces hasta que, para mi, se abren por última vez. Veo a los chicos al lado del carrito de las maletas y a Martín montado delante, en la punta, sobre una maleta. Su cara se desdibuja al verme y creo que busca una explicación de cómo papá ha logrado salir del monitor y ahora es 3D y tiene un cuerpo bajo la cabeza.

Detrás de los carritos mi mamá y Lorena, que los guían hasta un costado de la masa de gente que espera, hasta donde los sigo para abrazarlos. Aprieto a los chicos tratando de recuperar 3 meses de besos y abrazos. También a mi mamá y a Lorena. Sabemos que es el final de un proyecto que tardamos años en planear y realizar.

Con Lorena nos abrazamos como si nuestro equipo de fútbol hubiese ganado el campeonato y el mundial al mismo tiempo y, luego de besarnos, me mira fijamente con los ojos llenos de lágrimas y me dice una frase breve pero inolvidable, tanto por su claridad como por su contenido emocional: Si volvés a hacerme esto, te mato.



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